• Narra Lilian.
Las
cosas empeoraban muy rápido, cada vez temía más a este nuevo país. Estados Unidos. Era más aterrador de lo
que sonaba, siempre creí que viviendo aquí mi vida mejoraría, mi carrera sería
un éxito y que nada ni nadie podrían arruinarme, pero me equivoqué.
Aquella
mañana amanecí con una decisión en mi mente, tenía algo planeado, algo que tal
vez era lo mejor para todos.
–
¿Cómo estás? – dije
agobiada.
–
Bien – respondió sin
más.
–
¿Podemos vernos hoy? Dave. Es
urgente que hablemos…
–
No lo sé, tengo que
hacer cosas importantes… – susurró molesto.
–
Lo que debo decirte
también es importante.
–
Ah pues, lo siento, no podemos vernos hoy – cortó.
Lancé
mi celular al piso, a la alfombra junto al mueble que sostenía el televisor.
Una melancolía terrible invadió mis sentidos, lo único que deseaba en este
momento era desaparecer. Aquella revista me había traído muchos problemas y lo
mejor para esta situación era aclarar todo.
Me
puse un vestido corto, hacía mucho calor, me veía provocativa, tal vez más de
lo que quería parecer y tomé las llaves de mi motocicleta, bajé en el ascensor
muy ansiosa, odio cuando esas cosas demoran tanto. Subí a mi motocicleta luego
de salir del hotel, la monté rápido y partí a la dirección que encontré en una
tarjeta de Ivette, la que por cierto había dejado en mi casa por olvido.
Subí
las escaleras, no tenía tiempo de esperar el ascensor, y llegué a aquella habitación
del hotel, golpeé con fuerza sin parar hasta que un despeinado sujeto de
cabello negro me abrió, me miró de pies a cabeza y rió.
–
¿Está James? – dije
acelerada, arreglando mi cabello tras una de mis orejas.
–
Vaya… ¡James, ha
llegado tu noviecita! – rió, llamándolo.
Lo
miré con desagrado, me impacienté y lo empujé para entrar en el departamento,
cuatro pares de ojos me observaron detenidamente, James estaba en el sofá, se
puso de pie rápidamente asombrado de verme allí, más aún vestida así y con una
actitud agresiva.
–
¿Qué haces aquí? – dijo
levantando parte de su labio.
–
¿Tú que crees? – dije molesta.
–
¿Ella no es la de la foto? – rió uno de ellos con cara de idiota,
Lars, creo que ese era su nombre.
–
Tú cállate – le dijo James –
¿Qué sucede Lilian?
–
¡Por culpa de esa
maldita foto mi vida se está hundiendo! ¡Y tú no estás haciendo nada al
respecto! – grité, aguantando el llanto.
–
Tranquila, no es para
tanto… – puso las manos en el aire, intentando calmarme.
–
¡¿Cómo quieres que me
calme?! ¡Estoy perdiendo a mi mejor amiga por tu culpa! – comencé a lloriquear –
Debiste haber aclarado esa foto de inmediato con ella… gracias a esa maldita
foto mi vida comenzó a desmoronarse… Perdí a Ivette… y perdí… a Dave… – rompí a
llorar.
–
Oye, eso no es mi culpa, intenté hablar con ella pero no quiere
entender – suplicó.
–
¡De todos modos sabes que tú puedes convencerla! – grité.
Se
acercó a mí mientras los otros tres miraban preocupados todo lo que estaba
pasando, yo estaba fuera de control y precisamente no me gustaba que me vieran
en esta faceta de desesperada.
Él,
James, se acercó a mí e intentó calmarme, por lo que contesté con pequeños
golpes en su pecho mientras éste no tuvo otra alternativa que atraparme entre
sus brazos. Yo no me quedaba quieta, me sentía perdida, él me apegó a su pecho
con fuerza intentando tranquilizarme, pero era imposible, lloraba sin poder
detenerme; lo que estaba sintiendo en este momento era la perdición en toda su
magnitud.
–
Lilian, tranquilízate…
golpeas duro – dijo echando la cabeza para atrás mientras me aferraba a su
cuerpo.
–
Todo es tu culpa – grité.
–
Ya basta con eso, nadie es culpable en este asunto – alzó la
voz – Tranquilízate de una vez – me apretó con
fuerza.
Me largué a llorar en su pecho, mojando su
oscura remera, sus brazos me sirvieron de apoyo para no despegarme de él,
aunque en verdad solo quería golpearlo e insultarlo a más no poder. Mis lágrimas
fueron derramadas, mi aliento fue perdiendo su fuerza y mi corazón fue
disminuyendo su ritmo a medida que se prolongaba nuestro contacto corporal, aún
no podía sacar de mi cabeza todo lo que estaba pasando y eso me mantenía devastada.
Creí que viniendo aquí podría salir al menos sin un peso encima, pero tenía
otro peso sobre mí… James no era un idiota como había pensado.
Me solté como pude, lo miré a sus azules ojos,
lo miré con dolor e ira al mismo tiempo, sequé un poco mis mejillas mojadas y
negué con mi cabeza.
Caminé a la puerta y al salir de allí di un
gran portazo, bajé por las escaleras para tranquilizarme. Me detuve en la
puerta de salida y sentí la brisa llevarse mis añoradas lágrimas. ¿Qué es lo
que debía suceder ahora?
–
Dave por favor… ábreme
la puerta – dije mientras golpeaba la puerta del galpón donde ellos solían
ensayar.
–
…
–
Dios, ¡Dave, por favor!
– supliqué, cansada.
Sentí
un ruido adentro, quizá alguien se cayó. Demoró para que alguien abriera la
puerta, era él… Dave, con la vista ida, era obvio que no estaba dentro de sus cabales.
Ebrio, tal vez drogada, quien sabe, su cara era la típica estando en bajo los
efectos de esas sustancias, lo miré un largo rato con las cejas preocupadas, demostrándole
así que no me gustaba verlo en ese estado.
–
Tenemos que hablar –
intenté moverlo para poder entrar.
–
No – dijo imponente.
–
¿Cómo que no? – encogí mis
ojos sin entender.
–
Tú no entras, no quiero
nada contigo – dijo repudiándome, con ese característico labio levantado.
–
Dave… tenemos que…
–
¡Te dije que no! –
gritó – Lo que hiciste con Hetfield… jamás te lo perdonaré – dijo entre
dientes.
–
Yo no he hecho nada con
él… solo…
–
¿Nada? – rió – ¿Y esa
foto qué? ¿No estaban haciendo nada en ese bar? – alzó la voz.
–
Dave… déjame explicarte… no es lo que tu estás pensando – lo miré
abrumada.
–
¿Y que estoy pensando…? ¿Acaso puedes leer mi mente? – rió irónico.
–
No me trates así… yo no quería que…
–
¡Vete de aquí! Eres una mentirosa, igual que todas las
mujeres… – negó con su cabeza.
–
¡Puedes escucharme de
una maldita vez! – grité.
Se me quedó mirando asombrado, atónito con mi
respuesta y forma de actuar. Comencé a sentirme sobrepasada, esto ya era
demasiado. Él solo negó con su cabeza, con sus ojos llorosos… me partió el
corazón verlo así.
–
Dave… – susurré.
–
Adiós Lilian… – cerró
la puerta en mi cara.
Un vació se llevaba mi alma, un aire espantaba
mis sueños y la adrenalina de la desesperación me hizo sentir una idiota otra
vez. Aguanté las lágrimas dentro de mí, respiré agitada, profundo… para poder
calmar mis nervios.
Caminé nuevamente a mi motocicleta, con el alma
echa trizas, repitiéndome una vez más: Jamás debiste dejar París. Manejé
hasta el hotel en donde estaba viviendo, busqué mi teléfono y llamé al
aeropuerto, demoraron más de media hora para poder darme unos asientos en el
primer avión que saliera la mañana siguiente, no pasaría más tiempo en un país
que me había arrebatado las ganas de vivir.
Busqué
toda mi ropa, todos mis trajes de abogada que jamás volvería a usar en este
lugar, guardé mis peines, mis calcetines, incluso aquella foto que tenía en el
aeropuerto de Paris, horas antes de pisar el suelo de este maldito país. Cada
segundo que pasaba se hacía terrible, parecía que mi maleta jamás se llenaría;
guardé hasta el pijama, esta noche dormiría en ropa interior. Me recosté en la
cama y me perdí en miles de fragancias que venían de la panadería de enfrente,
aquel dulce olor a pan recién horneado.
Amaneció,
con el despertador a todo volumen. Lo apagué como pude, miré tal vez por última
vez por aquella gran ventana que poseía esta habitación, me di un largo baño,
lavé mi cabello y luego de secarlo lo alisé. Me puse una falta negra corta,
haciendo lucir mis largas piernas, unos tacones negros me hacían ver más alta,
y una ajustada camisa blanca dejaba ver la zona alta de mis pechos. Me maquillé
como siempre, con el delineador oscuro en mis ojos y un labial rojo en mis
labios, tomé mi cabello en una coleta y unos aretes largos y plateados
adornaban mis orejas.
–
Bien, esto ha sido todo…
Tomé mis dos maletas y salí, cerré con llave y
esperé el ascensor. Demoró quizá más de lo que había demorado durante mi estadía
en este lugar.
Una buena música se oía mientras bajaba al piso
principal, dejé la llave en recepción, pagué lo que debía y agradecí la buena
atención. Pedí un camión para que llevara la motocicleta al aeropuerto conmigo,
viajé junto al chofer durante el camino, pedir un taxi hubiera sido un gasto
extra e inútil.
–
Vamos… contesta – dije mientras
marqué un número.
–
¿Qué quieres? – preguntó
molesta, luego de contestar.
–
Llamaba para saber como estabas – dije melancólica – Como en los viejos tiempos…
–
Sí. Estoy bien, gracias
por llamar, pero si no te importa… debo trabajar – dijo seria.
–
Está bien, lamento
haberte molestado. Pero quería avisarte de algo que tal vez… ya no te importe…
–
¿De qué estás hablando
Lilian?
–
Bueno Ivette, vuelvo a
Francia – cerré los ojos.
–
…
–
Estados Unidos no es
para mí, fue lindo soñar con que aquí seríamos felices, juntas. Pero fueron
solo sueños, tal vez para ti sea todo lo contrario que para mí – sonreí mirando
por la ventana, soltando unas lágrimas.
–
…
–
Te deseo mucha suerte
Ivy, te amo amiga, perdona todo lo que tuvo que pasar… No te preocupes, no
volveré a meterme en tu vida jamás, no te causaré caos alguno… nunca más.
–
Lilian…
–
Nos veremos algún día…
quien sabe, cuando ya seas una abogada echa y derecha – sonreí, sollozando.
–
Yo… Lilian… no puedes…
–
Adiós Ivette, cuídate
mucho y suerte con tu vida aquí en Los Ángeles – corté.
El
alejado aire de la carretera entrando por la ventana se llevaba en él todas mis
esperanzas, mis anhelos eran derramados como lágrimas sin sabor, con una furia
plena al no saber que la vida me jugaría tantas malas pasadas. El camino se hacía
lejano, autos por todas partes y para colmo una canción de Megadeth en la radio
del camión…
–
Hasta nunca Dave –
susurré.
Cerré los ojos, intentado así olvidar lo que
pasó, pero era imposible, era inevitable. La vida no se hizo para borrar y
volver a hacerlo, se hizo para continuar y hacerlo mejor.