miércoles, 11 de enero de 2012

Capitulo 15



            • Narra Lilian.


Las cosas empeoraban muy rápido, cada vez temía más a este nuevo país. Estados Unidos. Era más aterrador de lo que sonaba, siempre creí que viviendo aquí mi vida mejoraría, mi carrera sería un éxito y que nada ni nadie podrían arruinarme, pero me equivoqué.
Aquella mañana amanecí con una decisión en mi mente, tenía algo planeado, algo que tal vez era lo mejor para todos.

         ¿Cómo estás? – dije agobiada.
         Bien – respondió sin más.
         ¿Podemos vernos hoy? Dave. Es urgente que hablemos…
         No lo sé, tengo que hacer cosas importantes… – susurró molesto.
         Lo que debo decirte también es importante.
         Ah pues, lo siento, no podemos vernos hoy – cortó.

Lancé mi celular al piso, a la alfombra junto al mueble que sostenía el televisor. Una melancolía terrible invadió mis sentidos, lo único que deseaba en este momento era desaparecer. Aquella revista me había traído muchos problemas y lo mejor para esta situación era aclarar todo.

Me puse un vestido corto, hacía mucho calor, me veía provocativa, tal vez más de lo que quería parecer y tomé las llaves de mi motocicleta, bajé en el ascensor muy ansiosa, odio cuando esas cosas demoran tanto. Subí a mi motocicleta luego de salir del hotel, la monté rápido y partí a la dirección que encontré en una tarjeta de Ivette, la que por cierto había dejado en mi casa por olvido.

Subí las escaleras, no tenía tiempo de esperar el ascensor, y llegué a aquella habitación del hotel, golpeé con fuerza sin parar hasta que un despeinado sujeto de cabello negro me abrió, me miró de pies a cabeza y rió.

         ¿Está James? – dije acelerada, arreglando mi cabello tras una de mis orejas.
         Vaya… ¡James, ha llegado tu noviecita! – rió, llamándolo.

Lo miré con desagrado, me impacienté y lo empujé para entrar en el departamento, cuatro pares de ojos me observaron detenidamente, James estaba en el sofá, se puso de pie rápidamente asombrado de verme allí, más aún vestida así y con una actitud agresiva.

         ¿Qué haces aquí? – dijo levantando parte de su labio.
         ¿Tú que crees? – dije molesta.
         ¿Ella no es la de la foto? – rió uno de ellos con cara de idiota, Lars, creo que ese era su nombre.
         Tú cállate – le dijo James – ¿Qué sucede Lilian?
         ¡Por culpa de esa maldita foto mi vida se está hundiendo! ¡Y tú no estás haciendo nada al respecto! – grité, aguantando el llanto.
         Tranquila, no es para tanto… – puso las manos en el aire, intentando calmarme.
         ¡¿Cómo quieres que me calme?! ¡Estoy perdiendo a mi mejor amiga por tu culpa! – comencé a lloriquear – Debiste haber aclarado esa foto de inmediato con ella… gracias a esa maldita foto mi vida comenzó a desmoronarse… Perdí a Ivette… y perdí… a Dave… – rompí a llorar.
         Oye, eso no es mi culpa, intenté hablar con ella pero no quiere entender – suplicó.
         ¡De todos modos sabes que tú puedes convencerla! – grité.

Se acercó a mí mientras los otros tres miraban preocupados todo lo que estaba pasando, yo estaba fuera de control y precisamente no me gustaba que me vieran en esta faceta de desesperada.

Él, James, se acercó a mí e intentó calmarme, por lo que contesté con pequeños golpes en su pecho mientras éste no tuvo otra alternativa que atraparme entre sus brazos. Yo no me quedaba quieta, me sentía perdida, él me apegó a su pecho con fuerza intentando tranquilizarme, pero era imposible, lloraba sin poder detenerme; lo que estaba sintiendo en este momento era la perdición en toda su magnitud.

         Lilian, tranquilízate… golpeas duro – dijo echando la cabeza para atrás mientras me aferraba a su cuerpo.
         Todo es tu culpa – grité.
         Ya basta con eso, nadie es culpable en este asunto – alzó la voz – Tranquilízate de una vez – me apretó con fuerza.

Me largué a llorar en su pecho, mojando su oscura remera, sus brazos me sirvieron de apoyo para no despegarme de él, aunque en verdad solo quería golpearlo e insultarlo a más no poder. Mis lágrimas fueron derramadas, mi aliento fue perdiendo su fuerza y mi corazón fue disminuyendo su ritmo a medida que se prolongaba nuestro contacto corporal, aún no podía sacar de mi cabeza todo lo que estaba pasando y eso me mantenía devastada. Creí que viniendo aquí podría salir al menos sin un peso encima, pero tenía otro peso sobre mí… James no era un idiota como había pensado.

Me solté como pude, lo miré a sus azules ojos, lo miré con dolor e ira al mismo tiempo, sequé un poco mis mejillas mojadas y negué con mi cabeza.

Caminé a la puerta y al salir de allí di un gran portazo, bajé por las escaleras para tranquilizarme. Me detuve en la puerta de salida y sentí la brisa llevarse mis añoradas lágrimas. ¿Qué es lo que debía suceder ahora?


         Dave por favor… ábreme la puerta – dije mientras golpeaba la puerta del galpón donde ellos solían ensayar.
        
         Dios, ¡Dave, por favor! – supliqué, cansada.

Sentí un ruido adentro, quizá alguien se cayó. Demoró para que alguien abriera la puerta, era él… Dave, con la vista ida, era obvio que no estaba dentro de sus cabales. Ebrio, tal vez drogada, quien sabe, su cara era la típica estando en bajo los efectos de esas sustancias, lo miré un largo rato con las cejas preocupadas, demostrándole así que no me gustaba verlo en ese estado.

         Tenemos que hablar – intenté moverlo para poder entrar.
         No – dijo imponente.
         ¿Cómo que no? – encogí mis ojos sin entender.
         Tú no entras, no quiero nada contigo – dijo repudiándome, con ese característico labio levantado.
         Dave… tenemos que…
         ¡Te dije que no! – gritó – Lo que hiciste con Hetfield… jamás te lo perdonaré – dijo entre dientes.
         Yo no he hecho nada con él… solo…
         ¿Nada? – rió – ¿Y esa foto qué? ¿No estaban haciendo nada en ese bar? – alzó la voz.
         Dave… déjame explicarte… no es lo que tu estás pensando – lo miré abrumada.
         ¿Y que estoy pensando…? ¿Acaso puedes leer mi mente? – rió irónico.
         No me trates así… yo no quería que…
         ¡Vete de aquí! Eres una mentirosa, igual que todas las mujeres… – negó con su cabeza.
         ¡Puedes escucharme de una maldita vez! – grité.

Se me quedó mirando asombrado, atónito con mi respuesta y forma de actuar. Comencé a sentirme sobrepasada, esto ya era demasiado. Él solo negó con su cabeza, con sus ojos llorosos… me partió el corazón verlo así.

         Dave… – susurré.
         Adiós Lilian… – cerró la puerta en mi cara.

Un vació se llevaba mi alma, un aire espantaba mis sueños y la adrenalina de la desesperación me hizo sentir una idiota otra vez. Aguanté las lágrimas dentro de mí, respiré agitada, profundo… para poder calmar mis nervios.

Caminé nuevamente a mi motocicleta, con el alma echa trizas, repitiéndome una vez más: Jamás debiste dejar ParísManejé hasta el hotel en donde estaba viviendo, busqué mi teléfono y llamé al aeropuerto, demoraron más de media hora para poder darme unos asientos en el primer avión que saliera la mañana siguiente, no pasaría más tiempo en un país que me había arrebatado las ganas de vivir.

Busqué toda mi ropa, todos mis trajes de abogada que jamás volvería a usar en este lugar, guardé mis peines, mis calcetines, incluso aquella foto que tenía en el aeropuerto de Paris, horas antes de pisar el suelo de este maldito país. Cada segundo que pasaba se hacía terrible, parecía que mi maleta jamás se llenaría; guardé hasta el pijama, esta noche dormiría en ropa interior. Me recosté en la cama y me perdí en miles de fragancias que venían de la panadería de enfrente, aquel dulce olor a pan recién horneado.

Amaneció, con el despertador a todo volumen. Lo apagué como pude, miré tal vez por última vez por aquella gran ventana que poseía esta habitación, me di un largo baño, lavé mi cabello y luego de secarlo lo alisé. Me puse una falta negra corta, haciendo lucir mis largas piernas, unos tacones negros me hacían ver más alta, y una ajustada camisa blanca dejaba ver la zona alta de mis pechos. Me maquillé como siempre, con el delineador oscuro en mis ojos y un labial rojo en mis labios, tomé mi cabello en una coleta y unos aretes largos y plateados adornaban mis orejas.

         Bien, esto ha sido todo…

Tomé mis dos maletas y salí, cerré con llave y esperé el ascensor. Demoró quizá más de lo que había demorado durante mi estadía en este lugar.

Una buena música se oía mientras bajaba al piso principal, dejé la llave en recepción, pagué lo que debía y agradecí la buena atención. Pedí un camión para que llevara la motocicleta al aeropuerto conmigo, viajé junto al chofer durante el camino, pedir un taxi hubiera sido un gasto extra e inútil.

         Vamos… contesta – dije mientras marqué un número.
         ¿Qué quieres? – preguntó molesta, luego de contestar.
         Llamaba para saber como estabas – dije melancólica – Como en los viejos tiempos…
         Sí. Estoy bien, gracias por llamar, pero si no te importa… debo trabajar – dijo seria.
         Está bien, lamento haberte molestado. Pero quería avisarte de algo que tal vez… ya no te importe…
         ¿De qué estás hablando Lilian?
         Bueno Ivette, vuelvo a Francia – cerré los ojos.
        
         Estados Unidos no es para mí, fue lindo soñar con que aquí seríamos felices, juntas. Pero fueron solo sueños, tal vez para ti sea todo lo contrario que para mí – sonreí mirando por la ventana, soltando unas lágrimas.
        
         Te deseo mucha suerte Ivy, te amo amiga, perdona todo lo que tuvo que pasar… No te preocupes, no volveré a meterme en tu vida jamás, no te causaré caos alguno… nunca más.
         Lilian…
         Nos veremos algún día… quien sabe, cuando ya seas una abogada echa y derecha – sonreí, sollozando.
         Yo… Lilian… no puedes…
         Adiós Ivette, cuídate mucho y suerte con tu vida aquí en Los Ángeles – corté.

El alejado aire de la carretera entrando por la ventana se llevaba en él todas mis esperanzas, mis anhelos eran derramados como lágrimas sin sabor, con una furia plena al no saber que la vida me jugaría tantas malas pasadas. El camino se hacía lejano, autos por todas partes y para colmo una canción de Megadeth en la radio del camión…

         Hasta nunca Dave – susurré.

Cerré los ojos, intentado así olvidar lo que pasó, pero era imposible, era inevitable. La vida no se hizo para borrar y volver a hacerlo, se hizo para continuar y hacerlo mejor.

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