domingo, 28 de agosto de 2011

Chapter 9.


        • Narra Lilian.

Quité mi mano de entre las de Fisher y me dirigí al lado de Ivette, sin ser capaz de mirar el rostro de mi hermano para ver su reacción a lo que acababa de decirle. Ni siquiera yo misma me consideraba capaz de negarle algo que él me pidiera, siempre había sido así… él decía y yo acataba sus órdenes sin importar lo que fuera, siempre intentando ser la hermana menor perfecta… mi relación con mis padres era horrible, llena de agresiones verbales, físicas y sobre todo, psicológicas, causando que supusiera que, al menos, debía ser buena en algo en el círculo familiar; Fisher solía cuidarme cuando era pequeña, por lo que al crecer, me vi en la obligación de devolverle de alguna manera todo lo que había hecho por mí.

         ¿Qué? – preguntó atónito.
         Lo siento… pero no te daré los cien mil dólares – dije, con una confianza repentina.
         ¿Por qué no? – preguntó él, intentando parecer herido –  ¿Acaso… no me amas? –
         No me vengas con eso – respondí – No volverás a ver un solo centavo más de mi parte Fisher –
         ¿Pero qué demonios te sucede Lilian? ¡Soy tu hermano! – espetó.
         El hecho de que lo seas no te da derecho a exigirme que te pague las deudas que tienes con esos narcotraficantes –
         ¿Qué insinúas? – preguntó entre dientes.
         ¡No estoy insinuando nada! – grité – Por dios Fisher, eres mi hermano… ¿Realmente pensaste que no me había dado cuenta? – lo miré, con la mirada dolida.
         Yo… –    comenzó.
         Tienes que irte – lo interrumpí – Ahora –

Me miro desesperado, no quería irse sin aquel dinero, pero ya no había vuelta atrás… me mantuve firme con mi decisión. Lo tomé del brazo y lo conduje hasta la puerta, soltando mi agarre.  Lo miré a los ojos por última vez.

         Adiós hermano –  dije, y le cerré la puerta en el rostro.

Durante minutos, me quedé ahí parada, mirando fijamente el picaporte que sostenía en mi mano, hasta que la voz de Ivette me sacó de ese trance.

         ¿Estás bien Lily? – preguntó.
         Sí… estoy bien – respondí
         ¿Quieres que me vaya? –
         No, quédate. ¿No quieres saber de mi cita con Dave? – pregunté, dándome la vuelta para mirarla. Una mueca de preocupación adornaba su rostro.
         Ah…  claro – dijo sonriendo levemente – ¿Él te trajo hasta aquí? – preguntó.
         Así es. Le dije que no era necesario y que pediría un taxi, pero el insistió en hacerlo… No le agradaba la idea de que me subiera al auto de un extraño a estas horas –
         Menudo tipo – dijo – Parece que te quiere – sonrió.
         Y para no hacerlo, ¡sólo mírame mujer! – reí.

Hablamos y bromeamos durante gran parte de la noche. Le conté como había ido mi cita, de lo que habíamos hablado y que había apretado el altavoz de mi celular por error, causando que Dave escuchara nuestra pequeña conversación. Ivette comenzó a reír tan fuerte que creí que se orinaría encima; intenté fingir enfado, pero su risa era tan contagiosa que termine doblada sobre mi cama sin poder detener mis carcajadas. Cuando logré controlarlas, decidí que era el turno de ella de ser incomodada, así que opté por lo único que la ponía nerviosa… James Hetfield.

         Entonces dime… ¿cómo te está yendo con Jamie? – pregunté sonriendo de lado.
         Pues normal – dijo, sonrojándose ante mi pregunta.
         Te estás sonrojando Ivy – dije, señalándola con mi dedo índice – Creo que hay algo que no me estas contando –
         No sé de que estás hablando… –  dijo mirando sus manos, como si fueran lo más interesante del mundo.
         Anda, ¡escúpelo! – prácticamente le ordene, sonriendo.
         ¡Bueno, está bien! Dieu, odio cuando haces eso – dijo riendo.
         Sigo esperando, cher ami – dije impaciente por saber que me estaba ocultando.
         ¡Vous sucer! – rió – Pero te diré de todas maneras…  James me llamó mientras tú tenías tu cita con Davie –
         ¡Já, lo sabía! – grité, parándome sobre la cama – ¡Sabía que le gustabas! –
         Espera, ¡¿Qué?! Oh no... ¡yo no le gusto! – exclamó horrorizada.
         Ah, ¡vamos! Sabes que te gusta – dije molestándola – Anda, admítelo –
         No lo sé… tal vez – dijo.
         Eres increíble – comenté negando con mi cabeza – Como sea, ¿para qué te llamo entonces? –
         Para preguntarme si mañana quería ir a cenar con él – dijo incómoda - ¡Pero es sólo por trabajo! – agregó rápidamente al ver la expresión en mi cara.
         Sí, claro. “Trabajo”… así le dicen ahora – bromeé.
         Hush, ¡cállate! – rió.

Luego de que termináramos de hablar del tema, se me ocurrió que miráramos películas. Ivette me obligó a mirar “The Boondock Saints” y “The Boondock Saints II: All Saints Day” porque en ellas actuaba el actor del que estaba enamorada, Norman Reedus. Claro que yo también la obligué a mirar una de mis películas favoritas, “Das Experiment”. Miramos películas hasta que el sueño nos venció; eran alrededor de las 4.15 de la mañana.
Al día siguiente, desperté con el sonido del agua de la ducha corriendo. Estiré mis brazos y piernas y me levanté. Me dirigí a la cocina y me serví una gran taza de café, recién preparado. Tomé un gran sorbo de aquel líquido marrón y decidí ir a vestirme. Era sábado, por lo que tenía el día libre, el cual pensaba tomármelo para descansar de las semanas estresantes que había estado teniendo. Ivette salió de la ducha y me dijo que podía bañarme si quería, así que tomé prestada una de sus toallas y me metí al baño. Salí 10 minutos más tarde, desenredándome el cabello con mis dedos y envuelta en la toalla.

         Ivy, ¿tienes un peine? – pregunté.
         Claro que sí, mujer – me contestó arrojándome el objeto –  ¿Quieres que te preste ropa? –
         ¡Gracias! – grité feliz.
         Wow, estás feliz… eso es extraño – comentó.
         No es cierto – reí.
         Sí lo es. Siempre estás malhumorada cuando recién te levantas – dijo – Apuesto a que tiene que ver con Dave – dijo moviendo sus cejas de arriba a abajo.
         Cállate – dije, mirándola de reojo.

Me vestí con una remera negra con letras grises que decían “fuck off”, unos pitillos negros y mis zapatos de oficina, que combinaban perfectamente con mi ropa.  Alisé mi cabello, me delineé y le pedí a Ivette que me llamará un taxi. A los pocos minutos, una bocina sonó desde la calle; ella me acompañó hasta la puerta.

         ¡Suerte con James esta noche! – grité, antes de subir al taxi.
         ¡No la necesito, pero gracias! – me contestó riendo, gritando al igual que yo.

Regresé a mi casa, agotada por la falta de sueño y por el estrés sufrido la noche anterior. Que mi hermano se apareciera en la puerta de la casa de mi mejor amiga ya era lo bastante perturbador, como para tener que agregarle el hecho de que me hubiera pedido dinero de nuevo. Si no hubiera sido por ella, seguramente habría cometido la estupidez de prestárselo, con la esperanza de que algún día se corrigiera. Pero era hora de madurar y de darme cuenta de que la gente no cambia, no importa cuanto lo quieras… ni cuanto lo desees…

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