• Narra Lilian.
Comenzamos una nueva semana, luego del fin de semana ajetreado que habíamos tenido con mi querida Ivy. Nos seguíamos riendo con todo lo que había pasado en los últimos días, bueno, en realidad yo lo hacía… no podía creer que ya había tenido sexo con el gran James Hetfield de Metallica, ¿y yo qué? Apenas estaba saliendo con Dave… Aunque en verdad tenía envidia; es decir, que suerte por ella...
– Señorita Proust… ¿puede prestar atención? – decía Paúl Smith, nuestro jefe.
– ¿Eh? ¿Qué? – fruncí el seño.
– No sé en verdad lo que está pensando, pero pido que por favor preste atención a la clase… es de urgencia que usted se ponga al día en todo este asunto, sobre todo porque está tratando con gente famosa – ironizó.
– ¿De qué está hablando? – fruncí el seño.
– En verdad solo te está fastidiando, tu ya sabes eso – rió Ivette.
– ¿Qué ha dicho señorita Devereux? – preguntó enfadado.
Me puse de pie, y caminé a la puerta, disgustada con todo lo que estaba pasando. Todos me miraron asombrados, asombrados de cómo yo, la extranjera era capaz de enfrentar al jefe de estudios que se encargaría de hacernos todos unos profesionales. Estaba harta de que este tipo se aprovechara de nosotras dos, solo por ser mujeres y mucho más por venir de Europa.
– Señorita Proust… ¿A dónde cree que va? – dijo molesto.
– A hacer orden en este maldito tribunal, cerdo xenofóbico – dije entre dientes, asombrando a todos.
Todas las bocas se abrieron, las mujeres taparon sus oídos demostrando mi manera vulgar de enfrentar la situación, salí del lugar caminando por esos fríos pasillos hacia la oficina del Magistrado, para poner a ese tipo en su lugar de una vez por todas.
– Hola Lilian – decía el tipo que hacía el aseo, lo conocía por tener una buena sociabilidad con la gente.
– Hola George – sonreí media molesta.
Llegué afuera de su oficina, tragué un buen montón de saliva que raspó mi garganta y me enfrenté a golpear la puerta del Magistrado, con mi decisión ya en mente, lista para cualquier cosa que el sujeto pudiera decirme.
– Adelante… – dijo una voz a la lejanía.
¡Dios! ¿Estará correcto lo que estaba a punto de hacer? Me cuestioné un par de segundos que se hicieron eternos en un momento complicado, giré la perilla luego de tenerla entre mi mano un largo rato, empujé la puerta con cuidado, así entrando en la oficina del Magistrado.
– Buenos días… – tragué saliva abruptamente.
– Buenos días… señorita Proust ¿Qué hace aquí? – sonrió poniéndose de pie para estrecharme su mano.
Apreté su mano con fuerza, decidida, me senté tal como me lo indicó y cerré los ojos respirando profundo para así poder ordenar mis ideas y declararle lo que tenía en mente.
– Anda Lily, ¿Qué sucede? – me trataba con confianza porque él nos trajo aquí con Ivette.
– Pues debo hacerle el comunicado… el señor Smith es un idiota xenofóbico que hace abuso de su poder en mi contra y contra Ivette. Me hago este enfrentamiento porque ya no lo soporto y no puedo trabajar así…
Me miró asombrado, hizo una mueca extraña con sus cejas, no podía creerlo, lo sabía… todo estaba en mi contra.
– ¿Qué dices? Eso es imposible… Paúl no es así, lo conozco hace años, hace décadas que trabaja aquí y nunca había tenido problemas con él…
– Quizá no, pero siempre hay una primera vez John, y sinceramente no puedo soportar esto – dije frunciendo el seño.
– ¿Sabes? Aún estoy asombrado con lo que me planteas Lilian. Creo que tendré que hablar con él respecto al tema, pero no te aseguro nada… ya que es uno de mis mejores hombres aquí – levantó sus cejas excusándose.
– ¿Qué? ¿Acaso no te importa la integridad de tus estudiantes? Por algo nos trajiste aquí con Ivette, no para que un viejo nos cuestionase todo el tiempo y nos apuntase con el dedo diciendo que todo lo que hacemos está mal solo porque somos francesas… ¿o para eso hemos venido? – dije molesta.
– Mira cielo, hoy hablaré con Paúl, así que no te preocupes, ahora vuelve a la sala… o puedes irte a casa, tú decides, pero no me vas a hacer dudar de mis trabajadores, porque aquí tengo lo mejor de lo mejor – dijo algo molesto.
Apreté mis labios en muestra de molestia, expulsé aire caliente y decidí salir de su oficina sin decir nada más. Caminé por esos pasillos fríos y anchos, que dejaban resonar el tok de mis tacones. Apreté mi maletín con fuerza y caminé hacia la salida, bajé las escaleras lentamente, doblando bien mis rodillas poco a poco, paso tras paso.
– Pero qué idiotas… – bufé entre dientes.
Me detuve en la acera e hice detener un taxi para ir al estudio de Dave, dijo que si salía temprano, fuese a visitarlo… cosa que hoy podría hacer.
– ¿Diga?
– Dave, voy para allá… – sonreí inocente.
– ¿Lilian? ¡Mierda! Tamaña mierda… – rió.
– ¿Qué sucede? Si quieres no voy, no tengo problema.
– No, nena, es porque los chicos tienen un gran desorden aquí, ven… que tu visita es bien recibida…
Sonreí.
– Está bien, estoy allá en 20 minutos…
– Bien, te espero entonces, adiós – corté.
Su voz me volvía loca, ese tono agriacido de su voz… ¡dios! No había hombre como él. Le pedí al chofer del taxi que se apresurara, lo único que quería era compartir lo que me quedaba de tarde para estar con Dave, aunque mi personalidad aún no florecía, me gustaba estar junto a ese tipo.
– ¡Merci beaucoup! – le dije al sujeto luego de bajar del taxi.
Me detuve frente a ese garaje gigante que yacía frente a mis ojos negros, acomodé mi cabello tras una de mis orejas y respiré profundo, cuando de pronto… Dave salió con una bolsa con basura entre sus manos. Me sonrió luego de quedarse mirándome un largo rato sin decir nada, yo sonreí como una niña pequeña, avergonzada de que sus ojos me estuviesen observando.
– Hola – moví mi mano en señal de saludo.
Se acercó a mí sin decir nada, con ese caminar despistado y varonil que lo destaca, me abrazó y besó mi mejilla con confianza, sus labios húmedos hicieron contacto con mi mejilla lentamente.
– Hola Lilian, ¿vamos adentro? – sonrió encogiendo sus ojos.
– Claro – asentí sonriendo, dulcemente.
Con su mano por sobre mis hombros me llevó adentro, un lugar amplio y medio oscurecido, sin nadie en su interior… solo instrumentos que supongo eran de los chicos, no había nadie… estaba semi-ordenado; al parecer si había estado arreglando el ambiente antes de que llegara, eso me causó gracia y no pude evitar sonreír.
– Veo que te esmeraste por ordenar – dije irónica.
– ¿Qué? No me digas que preferías el desorden… porque puedo desordenar si quieres – dijo preocupado.
– Es una broma Dave, está bien así como todo está – me senté en un sofá, dejando mi maletín a un costado de este.
Él se sentó junto a mí, se inclinó un poco hacia delante dejándome ver su espalda tras esa remera bien ajustada que traía puesta, me encantaba ese cabello rizado y despeinado como siempre suele usarlo, me tenté y lo acaricié con cuidado.
– Me encanta tu cabello – sonreí mirando perdidamente esos rizos anaranjados.
– ¿De verdad? Pensaba en cortarlo – rió.
– ¡No! No lo hagas, tu cabello es grandioso – lo miré sonriente.
Rió, quizá burlándose de mi reacción, pero me sentía en una confianza extraña y debía decirle que su cabello era genial, como sea… Se giró para mirarme de frente, mirándome extraño… sí, muy extraño, con sus ojos casi como enamorado, me puse nerviosa ya que no sabía que hacer.
– ¿Por qué decidiste venir?
– Pues salí temprano, y recordé que querías verme… además tuve una discusión con el Magistrado, maldito hijo de perra – miré hacia un costado.
– Esa es la actitud – rió – ¿Por qué has peleado con ese sujeto?
– Pues porque mi maestro es un maldito xenofóbico, abusa de su poder para menospreciar mí trabajo y le gusta dejarme mal frente al resto de sujetos idiotas que creen saber más que yo…
– Golpearé a ese tipo ¿Quién se cree? Tú eres una buena abogada, haces un espectacular trabajo… Deberían expulsarlo – dijo interrumpiéndome.
– Quiero irme lejos, esta ciudad ya me tiene harta, creo que sería mejor irme a New York – apoyé mi espalda en el respaldo.
– ¿New York? ¿Por qué tan lejos? – se extrañó.
– Pues no lo sé, me dijeron que los abogados allá son bien renombrados y que no me costaría encontrar trabajo… además no estaría con ese sujeto – bufé molesta como nunca antes.
– Pues vámonos a New York – sonrió mirándome directo a los ojos.
Lo miré desconcertada, ¿Por qué hablar de nosotros…? Me dio una nostalgia extraña, me gusta su mirada, tenía ganas de besarlo… como no, pero no ahora.
– ¿De que hablas?
– Con Megadeth saldremos de gira por la zona de New York y esos lugares, no estaría mal que nuestra representante nos acompañase, ¿no crees? – sonrió levantando sus cejas.
– ¿Estás hablando en serio? – sonreí sin creerlo.
– Claro, ya es hora de que pongas en acción todo lo que sabes mi amor, Megadeth saldrá de gira, y tú iras con nosotros – dijo lentamente para que pudiese entenderlo.
– Vaya, eso es… asombroso – sonreí y lo abracé espontáneamente.
¿Pero qué estaba haciendo…? Otro error, uno más para la colección.
De igual modo correspondió el abrazo, con esa fuerza extraña en sus brazos no tan gruesos, me apegó a su cuerpo con presión, me hizo sentir extraña, segura… ¿qué estaba pasando? Su mejilla comenzó a rozar la mía, poco a poco fue moviendo su rostro hasta llegar frente al mío, nuestras frentes chocaron en un dulce silencio, sus ojos a la corta distancia impactaron en los míos… solo un centímetro separaba mis labios de los suyos, su respiración se sentía tan cerca… Sus cabellos y los míos se mezclaron frente a nuestras mejillas, él sostenía mi rostro entre sus manos con sus ojos levemente abiertos, con su boca un tanto abierta dejando pasar ese aire caliente que impactaba en mis labios.
– Dave… – susurré.
– Shhh… – dijo en un tono muy bajo.
Cerré mis ojos sintiendo como se me iba el aire a medida que su respiración devoraba la mía, en un dulce silencio nuestras carnosidades hicieron contacto, sentí su piel frágil chocando con la mía suavemente, en un deleite que se selló como un beso, tan solo un choque de labios, que no requirió aquel jugoso vals de lenguas para ser perfecto…
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