• Narra Lilian.
Mis maletas en la puerta de ese hotel, mi cartera llena de papeles importantes que ahora no tomaban mi atención, sin querer me atrasé por bajar tarde del aeropuerto… mi primera junta aquí en Estados Unidos sería quizá la última si no llegaba a tiempo. Colmaba mi paciencia aquel resfriado que venía conmigo desde Francia, los cambios de temperatura solían arruinar todo tipo de satisfacción conmigo misma.
Mis maletas en la puerta de ese hotel, mi cartera llena de papeles importantes que ahora no tomaban mi atención, sin querer me atrasé por bajar tarde del aeropuerto… mi primera junta aquí en Estados Unidos sería quizá la última si no llegaba a tiempo. Colmaba mi paciencia aquel resfriado que venía conmigo desde Francia, los cambios de temperatura solían arruinar todo tipo de satisfacción conmigo misma.
– No puedo llegar tarde mi primer día, pero como puedo ser tan idiota – dije para mí misma.
Corrí, subí acelerada aquellas escaleras para llegar al fin a ese juzgado tan renombrado aquí en California, ciudad de las oportunidades, que sí… me había dado una a mí también. Avancé hasta aquel mesón de informaciones para que me dijeran a donde debía dirigirme para la reunión que me cambiaría la vida, el hombre parecía un espécimen de museo: viejo y roñoso, aun así tuve que atreverme y quitarme ese miedo de encima para poder asegurar mi futuro de una vez por todas.
Amablemente me indicó un pasillo, al cual me dirigí con miedo y la voz atascada en mi garganta, tomé con fuerza mi portafolio, me paralicé en frente de esa gran puerta al oír muchas voces en el interior de la sala; me armé de valor y decidí entrar imponente como me habían entrenado.
– Pero miren a quien se le ocurre aparecer… - dijo Ivette a la distancia.
– Lamento el retraso pero mi avión despegó a deshoras – sonreí segura.
– No se preocupe señorita Proust, tome asiento e incorpórese al discurso de bienvenida – dijo un viejo hombre.
– Está bien – asentí buscando con la mirada un asiento disponible.
Para suerte mía Ivette me había guardado un lugar junto a ella, tomé asiento y me acomodé ya que venía agotada del vuelo, presté atención a las palabras del hombre tal como se me pidió.
– ¿En qué hotel estás quedándote Lilian? – susurró Ivette mirando al frente.
– En el Sheraton Blues, queda a cinco grandes cuadras de aquí – la miré de reojo.
– Yo estoy a uno que queda a un kilómetro, ¿Por qué te dieron el más cercano? – rió.
– Pues porque soy más responsable que tú – reí.
Todos nos hicieron callar con un “¡Shhh…!”, el sujeto nos miro con desagrado.
– Las francesitas pueden callarse si no quieres irse afuera – levanto sus cejas.
– Lo sentimos – dijimos en un coro ambas.
Allí pasamos gran parte de la mañana, nos dieron un par de horas para salir a almorzar, tomé mi portafolio y me lo llevé en dirección al hotel, cuando salí del juzgado un brazo me tomó por sorpresa.
– Hola Lilian – sonreía un chico.
– ¿Hola?
– Soy William, de Jersey… ¿te gustaría tomarte un café conmigo en el lugar de la esquina? – dijo amablemente.
– Me gustaría pero…
En ese mismo momento llegó Ivette y me libró de aquel chico.
– ¿Ya nos vamos? – dijo a toda voz.
– Si, vamos. Lo siento William, quizá para otra será – sonreí.
– Está bien, no te preocupes – sonrió apenado por mi desprecio.
Se fue mientras que con mi mejor amiga caminábamos en dirección a mi hotel.
– Dijimos nada de compromisos, es nuestro primer día aquí y no podemos arruinarlo Lilian – me regañó.
– Lo sé, no estaba haciendo nada malo, igual iba a rechazar su invitación Ivette, no te pongas como mi madre – reí.
– Haré como que te creo – rió.
Caminos riendo por esa gran avenida, llena de lujosos autos y de gente extraña… me sentía un espécimen raro, vestida de falda y corbata, esto de ser abogada en una ciudad donde la moda manda, es un poco sofocante. Entramos al hotel entre una gran multitud que impedía el paso a cualquiera.
– ¿Pero qué está pasando? – me extrañé al ver tantas personas.
– Debe haber algún tipo de persona famosa, recuerda que estamos en la ciudad del glamour – puso una cara burlona que la representa.
– Sí, pero debo entrar para sacar unas cosas de mis maletas
– Pues entremos por atrás… que mal sonó eso – reímos ambas.
Y así lo hicimos, entramos por atrás del hotel para llegar a mi cuarto en el octavo piso, subimos por las escaleras ya que los ascensores son privilegiados para la zona delantera de este mismo hotel. Llegamos al cuarto luego de casi morirnos de cansancio, Ivette se lanzó sobre la gran cama y yo fui al baño a darme una ducha.
– Apresúrate no tenemos tanto tiempo Lilian, el anciano Paúl no tiene mucha paciencia para esperar un segundo retraso de tu parte – gritaba desde afuera
– Ya estoy casi lista – dije becándome el cabello.
– Pero que veloz eres – rió cuando salí del baño.
– Dijiste que fuera rápida mujer – me sentí orgullosa.
Tomé mi traje negro y me vestí como una buena abogada, arreglé mi cabello, lo amarré con un pendiente lindo, arreglé la delgada argolla en mi nariz y estaba lista luego de maquillarme. Ivette usó una camisa limpia que traía en su cartera, nos perfumamos y salimos con nuestros portafolios negros; esta vez tomamos el ascensor… no pensábamos bajar ocho pisos caminando.
– Ahora veremos quien está aglomerando tanta gente abajo – rió arreglándose en el espejo del ascensor.
– Recuerda que debemos comer y luego volver al juzgado – levanté una ceja.
– Disfruta de la vida, deja de ser tan responsable Lilian – bufó.
– Está bien, pero es nuestro primer día Ivette.
Bajamos del ascensor y nos encontramos con cuatro hombres sentados a lo largo de una mesa, firmando autógrafos. Llamaron nuestra atención sus peinados despreocupados, hombres de cabello largo y descuidado, con vestimentas agresivas a lo que solíamos ver allá en Francia.
– ¿Y estos quienes son? – dijo Ivette con repugnancia.
– No lo sé, ¿Cómo pasaremos ahora? – puse una cara extraña que hizo reír a mi amiga.
– Ven por aquí…
Tomó mi mano y caminó en dirección de los cuatro tipos, ella tenía una personalidad admirable, les gritó sin escrúpulo e hizo que me sonrojara.
– ¿Pueden moverse para dejarnos pasar por favor? – alzó la voz.
Los cuatro tipos nos miraron como alcoholizados, pero no lo estaban, se levantaron porque se sintieron ofendidos y uno de ellos respondió a su grito, obviamente yo no estaba mirando, ya que mi mirada se fijaba en el suelo.
– ¿Quiénes son ustedes? – decía uno con baquetas en la mano.
– Somos abogadas, y les pedimos el favor de que nos dejen pasar – dijo imponente Ivette.
– ¿Por qué deberíamos hacerlo? – bufó otro.
– Porque es nuestro primer día en este país y no queremos arruinar nuestro trabajo
– ¿Abogadas? – preguntó el más alto.
– Si ¿Por qué?
Levanté mi mirada hacia ellos sonrojada a más no poder, tragué saliva al ver que uno me miraba.
– Espera David, yo necesito un abogado – dijo un pelinaranjo.
Solté mi portafolio dejando caer todo el papeleo que llevaba dentro, Ivette me miró riendo por mi estupidez y los chicos hicieron lo mismo, atrás unas cámaras fotográficas captaban todo el momento. El mismo pelinaranjo se acercó a mi y junto con mi propia ayuda recogimos los papeles.
– Me llamo Dave, Dave Mustaine ¿y tú? – sonrió de media luna con una cara extraña.
– Lilian… Proust… - tragué saliva acomplejada.
Me levanté dejándolo frente a mis piernas, sin darme cuenta este no volvió a levantarse e Ivette ya se había puesto como loca.
– ¡Oye! ¡Pero qué estás viéndole! – rió.
– Oh lo siento… - rió Mustaine.
– Vámonos de aquí Lilian, llegaremos tarde…
– Sí, será lo mejor – asentí tímida.
– Volvamos a lo nuestro Dave – dijo uno de sus amigos.
Ivette me llevó del brazo a la fuerza, a caminar por entre tanta gente mientras a la lejanía veía a ese gran sujeto despedirse con su mano en señal de saludo… así fue como me enamoré a primera vista.
– Te han dicho… que nada de lazos, no quieres arruinarlo todo ¿o si?
Su voz de mando… me desconcertaba, él era maravilloso… solo quería volver a verlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario